ESTRENOS Y CRÍTICAS -Cine-


Estrenos y Críticas realizadas por: José María Ruiz
Fotografías y Portadas de las películas: -Extraídas de Internet-

ESTRENOS DE CINE


No hallarás música en LA VIDA Y NADA MÁS, para qué edulcorantes, porque así de seca se presenta (seca, no cruda). Sin hemisferio tangencial, directa se vislumbra. No hay mayor truco, solo una cámara que busca mostrar una realidad desde la ficción. Retazos de vida sobre la desigualdad y la marginación, retrato de una América que no ha llegado a cumplir “el sueño americano”. El director español Antonio Méndez Esparza sigue incidiendo su mirada sobre los desfavorecidos, si en “Aquí y allá” mostraba la inmigración mejicana a Estados Unidos, ahora ubica sus ojos en un adolescente afroamericano que se enfrenta a la madurez, hijo de una familia desestructurada (el padre está en prisión), su madre (soltera) debe sacar adelante a él y a su hermana de tres años (hija de otro hombre). Una vida donde ve que su madre se mata a trabajar, y pese a ello su existencia resulta muy depauperada. A ello se une los problemas del joven con la justicia, más de una vez llevado al tribunal, ya por robar coches, ya por navajero... ¿Dónde se encuentra el arco iris en el horizonte para estos seres?. En palabras del director: “he comprendido que la sociedad norteamericana no es tan heterogénea como nos creemos. Está muy segmentada, y la comunidad afroamericana sigue segregada”. Película naturalista, sincera, honesta, que nos abre las pupilas para mostrarnos el trasunto de la vida (y nada más y nada menos). Una mirada que bien quisiera se diese en el cine español, de momento la disección que efectúa Antonio Méndez Esparza se centra en Norteamérica, solo cabe especular dónde pondría la cámara si viniese a retratar la sociedad española. Cine de seres humanos que conmueven al espectador. Merece la pena ver LA VIDA Y NADA MÁS, merece la pena ir al cine para encontrarnos con la verdad que nos depara esta mentira del séptimo arte.


Wanda Visión

Ya ha transcurrido más de un año desde que Donald tomó posesión de la casa de color blanco. Ha impuesto su supremacía (en twitter). Es el gran triunfador, el prototipo del sueño americano: hombre rico y con poder. Mi sueño no llega a tanto, apenas discurre a través del cine, América se ha dibujado en mí desde las películas, y la película QUÉ FUE DE BRAD viene a analizar el significado de ese sueño (americano). El director y guionista Mike White viene a preguntarse (y preguntarnos) si estamos satisfechos con nuestra vida, si estamos enamorados del mundo y cuáles son nuestras necesidades para alcanzar la felicidad. Una “disección” a través del viaje que llevan a cabo un padre y un hijo (Ben Stiller y Austin Abrams) a Boston para elegir la universidad donde va a estudiar el joven. Sobre todo porque el padre entra en una crisis existencial: “siento que he fracasado, siento que se nos acaba el tiempo. Esta no es la vida que imaginé”. Tangencialmente, el cine de Frank Capra se hace presente, una mirada a la clase media que lidia con el desencanto, para salir fortalecido desde la ingenuidad. Esa vida, que es un recreo en la juventud, y el paraíso se hace realidad. Un enamoramiento que el transcurrir de los años viene a desvanecer: “soy un cero a la izquierda. El mundo me odia y el sentimiento es mutuo”. No había estado a la altura de las expectativas, es mirar alrededor y ver cómo los compañeros de universidad han triunfado y él no ha sido capaz de escalar socialmente. Estamos ante un cine social, al fin y al cabo. Un cine como respuesta a la catalogación que se hace a las personas por su estatus monetario (el capitalismo como un dios). Ben Stiller deja de lado su excentricismo cómico (lejos queda “Zoolander”), para encarnar al ciudadano medio enfrentado consigo mismo, el poso de amargura le invade. En definitiva, estamos ante una película digna, que nos apela sobre el egoísmo que habita en nuestro interior, y nos habla de los valores que hemos perdido en este mundo de materialismo y consumo incontrolado. Quizá si haya esperanza, siempre está la juventud para recordárnoslo.
Vértice 360


Quizá en estos días el cine (y los espectadores) estamos faltos de neorrealismo, quizá escasea el cine que mira al asfalto y ponga los pies en el suelo (la cámara a la altura de los ojos). Un cine que nazca sin maquillaje y sin edulcorantes, que nos invite a entrar en las casas y palpar el ambiente, donde los olores se sienten… Por ello se agradece que estos días podamos ver la película LOS NADIE, y salgamos de la sala translúcidos. Hay quien declarará el neorrealismo como una antigualla donde se muestran penalidades, cuando en verdad no hay mayores antiguallas que los “fast & furious” o los superhéroes marvelianos que no muestran nada, y resulta penoso que estas franquicias sean éxitos taquilleros, mientras LOS NADIE tendrá su pequeño espacio. El director y guionista Juan Sebastián Mesa ubica su mirada (la cámara) en una favela de Medellín y en cinco jóvenes “hermanos de calle” (actores no profesionales, un apunte más de neorrealismo), una ciudad hostil que los une para alcanzar una máxima: viajar a otros países y dejar de lado esa vida que los ahoga. Una opresión de la que no se libran ni en el ámbito familiar, por ello su refugio (y escape) lo hallan en el arte callejero (malabaristas en los semáforos, grafiteros), un jornal de mendicidad que les permite considerarse libres. La casa como emblema de angustia frente al sosiego que supone la calle. Estamos ante una película de personajes (de personas) que desean vivir y llevar a cabo sus sueños. Realizar los sueños es la gran decisión que han de tomar, una decisión propia y nunca una imposición de los demás. El director retrata un paisaje en blanco y negro, pero la amistad alumbra color en la pantalla.
MadAvenue


Puede decirse que el documental es la luz que nos proporcionó Lumière, ese primer paso para captar la realidad y dejar testimonio del hecho. Y si Lumière vio la cámara como un elemento neutral, será la escritura cinematográfica (encuadre, montaje…) el pedestal de la formulación ideológica (política, en mayor medida). Tomar conciencia de un hecho (de la vida, en este caso) es la propuesta de la película (documental) GANAR AL VIENTO, así el ojo de la cámara dirigido por Anne-Dauphine Julliand se ubica con suavidad sobre la mirada de cinco niños, unos niños enfermos diagnosticados con graves patologías, los cuales desnudarán su alma para mostrarnos su discurrir diario en el hospital y junto a sus parientes. Son niños deseosos de vivir, y viven con alegría (una alegría que traspasa la pantalla), porque saben que cada momento de la existencia es tremendamente significativo, han aprendido a ser felices con la enfermedad, porque, como dice uno de ellos, “creo que nada te impide ser feliz”. Al fin y al cabo, son niños que quieren ser como los otros niños. Y esa es la filosofía que asume este documental: no está permitido abatirse. De ahí la luminosidad que desprende, donde la capacidad de recuperación y el poder de la vida (el poder del ahora) se abren paso a raudales. Hay ternura, hay diversión, hay felicidad. Se huye de las ideas preconcebidas y nos encomienda a cambiar ese pensamiento. No son niños a los que se haya de tener lástima, ellos no quieren que les tengamos lástima (esta es una de las ideas que combate la película), porque ellos vienen a disfrutar de la existencia, esa existencia que les ha tocado vivir. La realidad se cuela en el cine a través del documental. No hay mayor artificio: una cámara, unos niños y la vida. Fascinante resulta vivir, fascinante son estos niños. Quizá salgamos fascinados de la sala de cine es un logro que proporcionan pocas películas, y GANAR AL VIENTO viene a conseguirlo.

Alejandro Muñoz



El director chileno Sebastián Lelio vuelve a incidir su mirada sobre las repercusiones sociales de las distintas relaciones afectivas/sexuales. Si en “Gloria” acaecía la libertad sexual de una mujer de sesenta años, dotándola de un aire de ternura y comedia para mostrar la hipocresía que se cernía a su alrededor; será con UNA MUJER FANTÁSTICA donde el drama toma cuerpo y profunda realidad, amén de una notable vigencia, ya que la película narra la historia de amor entre un maduro hombre de negocios y una joven transexual, más la repentina muerte de él dibujará el desprecio al que es sometida ella por los familiares del difunto: ex-mujer e hijos. Escarnio de reticencia machista chilena (y más, muchos más países), que se abate como una fiera catarata sobre un cuerpo desnudo, máxime cuando se produce una interrelación entre distintas clases sociales (la lucha social nunca llega a su fin), el derecho de igualdad no se admite. Lelio sigue depositando el protagonismo en una mujer que se enfrenta a los estereotipos marcados por la moralidad (católica, en mayor medida). La actriz Daniela Vega canaliza una irradiante fuerza, pujando por la nobleza de sus sentimientos y la honestidad, una vida que camina contracorriente, donde el viento siempre da de cara, así aunque nieguen su ser, ella se mantendrá en pie demostrando el carácter que imprime el amor. Lelio sigue trastornando la mentalidad chilena (y de muchos países más) al presentar la libertad de la vida, cuerpos que vienen a trastocar las reglas preconcebidas. La película mastica la amargura de la soledad a la que nos quieren conducir, y saborea la dulce nobleza de los sentimientos, e irrumpe como un alegato por la dignidad. Luz y oscuridad caminan de la mano, lo tétrico se desencadena y arrasa sin miramientos, sin embargo el espíritu consolidará su constancia.
Bteam Pictures


La acción y la comedia son difíciles de hilvanar en un mismo plano, y a ello se aplica el director Federico Cueva en su ópera prima SOLO SE VIVE UNA VEZ. Cueva procede de la dirección de escenas de acción y la supervisión de especialistas. Nos encontramos ante una historia de mil y un disparos, donde la puntería brilla por su ausencia, y viene a narrarnos el devenir de un estafador de poca monta que asiste al asesinato de un hombre por la mafia, al ser descubierto inicia una fuga que le conducirá a hacerse pasar por un miembro de la comunidad judía ortodoxa. Si la película alcanza el aprobado en el terreno de la acción, no puede decirse lo mismo cuando aborda la comedia. El guión de Sergio Esquenazi y Nicolás Allegro apenas presenta pinceladas en esta pintura de paleta gruesa, así el gag (pieza máxima de la comedia) caro se vende en estos días, y en mínima parcela se encuentra en esta película (apenas lo hallo en la escena del consejo de administración que preside Gerard Depardieu y donde Santiago Segura hace de traductor). Por demás, anodina resulta. Siempre hay que buscar en las raíces para encontrar la maestría, se hace imprescindible visionar las películas de Buster Keaton, ya sea “Siete ocasiones” (1925) o “El héroe del río” (1928) para ver cómo reluce en grado de perfección el diamante del gag, ahí se aúnan acción y comedia. Casi han pasado cien años de aquellas películas y son un manantial del que deberían beber estas nuevas generaciones de cineastas, y a partir de ahí encontrar el humanismo de/en los personajes. En todo caso, la película de Federico Cueva se bebe como un vino de tasca, lo único que irrumpe con solera es la interpretación de Luis Brandoni, un rabino de pocas palabras y elocuente mirada.

A Contracorriente


Hay películas que buscan iluminarnos la vida, por ello intentan congraciarnos con este funesto mundo. Suelen ser películas donde brilla el sol y los buenos sentimientos se abren paso, deparando una carta de naturaleza optimista. Películas, al fin y al cabo, que nos hacen sentir bien al levantarnos de la butaca. He aquí la aspiración, más o menos conseguida, de NUESTRA VIDA EN LA BORGOÑA, una melodía que traza su raíz en el discurrir de las estaciones, primavera de la vida. El director Cédric Klapisch expone una loa de confraternización entre el ser humano y la tierra a cosechar (a vendimiar, en el presente caso). Mas aquí asistimos a una revisitación del clásico “El rey Lear” shakesperiano, véase el argumento: Jean, tras diez años de recorrer mundo, regresa a su Borgoña natal ante la noticia de la inminente muerte de su padre, allí se reencuentra con sus dos hermanos; la lectura del testamento depara que son herederos de forma indivisible de las tierras y el caserón… Queda dicho, no estamos ante una tragedia. La fraternidad y la maduración son los grandes ejes por lo que transita el metraje, a la vez que recrea un año en la campiña, el viñedo florece, la uva toma sabor y se produce la vendimia, llega el cuidado de la tierra y la poda para una nueva cosecha. Todo muy ecológico, porque la naturaleza es el gran protagonista, naturaleza como ser vivo que debe ser cuidado para que nos otorgue sus frutos. La película se abre con una voz en off: “De pequeño, cada mañana, miraba por la ventana y me decía que cada mañana es diferente. De mayor comprendí que nada cambiaría”, he aquí el gran misterio, donde todo cambia si se vive con ilusión; pero si el desencanto arrulla, todo se vuelve monotonía. Cédric Klapisch presenta un cielo azul y un columpio para volver a ser niño, corazones limpios que disfrutan (saborean) la inmensa variedad de vinos que nos regala la vida. Vean, vivan y beban.

Avalon y Wanda


Bien podría dibujarse este HANDIA como un cuento que se alumbra desde la niebla de los montes guipuzcoanos: erase una vez un niño que nació en un caserío y vivía junto a su padre y su hermano cultivando la tierra… El tándem de directores Aitor Arregi y Jon Garaño visualizan la inmisericorde confrontación que la modernidad produce sobre la tradición, así frente al porqué han de cambiar las cosas, deviene una respuesta de ambicioso materialismo, donde la inocencia sucumbe. La película traza una historia basada en hechos reales, pues allá por el siglo XIX (allá por la guerra carlista, allá por los años isabelinos) dos hermanos emprendieron un largo periplo por Europa en busca de fortuna, y ello a través de la formulación de un espectáculo que consistía en mostrar a uno de ellos porque era el hombre más alto del mundo: vean al gigante. La gente paga por lo que no ha visto. Las imágenes de la película transmiten lírica, aunque el sustrato apunta hacia lo tenebroso; una inocencia no pervertida, y por tanto sin la necesidad de crear anticuerpos, es invadida por los virus; una inocencia que entrega su persona y no conoce el pecado carnal queda sometida a diferentes voluntades… érase una vez dos hermanos que caminaban de la mano con distintos fines. He aquí el gran horror que transmite la película: aunque se quieren, uno de ellos no se da cuenta del daño que está profiriendo al otro. HANDIA muestra esa verdad que la imaginación no tiende a aventurarse. Cine, en definitiva, que mira directamente a los ojos del espectador. Difícil resulta sostener la mirada ante la amargura que nos presenta.
A Contracorriente

Sobre el formato cuadrado (4:3) tiende su escritura Stëphane Brizé a la hora de presentarnos EL JARDÍN DE JEANNETTE, adaptación cinematográfica de la novela: “Une vie”, de Guy de Moupassant. Pero esta concepción que lleva a cabo no resulta clásica, no se asienta en el equilibrado encuadre, ni siquiera se postula por el plano general, mucho menos por la cámara estática. Por ello recompone desde una mirada actual el ayer, con lo cual viene a comprimir el espacio y a dotar cierto grado de claustrofobia a la protagonista, personajes que algunas veces vienen a perderse en el cuadro. Una puesta en escena nada nerviosa, sino que denota una calma que va estremeciendo, pues asistimos a un melodrama de época. La obra tiene su inicio en la Normandía del año 1819, cuando Jeanne Le Perthuis des Vauds (Judith Chemla) retorna a la placidez del hogar paterno para curarse de un mal de amores. Allí conocerá a un vizconde, y la felicidad acudirá a sus mejillas, pero la vida viene a ser un triste y gris rayo de luz que se escurre entre las nubes. Se casarán, pero pronto descubrirá que es engañada por su marido… El jardín es la metáfora que nos acompaña durante la vida, una semilla que debemos plantar y saber regar para que dé sus frutos; un jardín que brilla durante la primavera, pero que padece las inclemencias del duro invierno, una frialdad que cala en los huesos, una impenitente escarcha que se traduce en días de barro; un jardín yermo, la mayoría de los años… La risa ha quedado difuminada, los días de esplendor son un punto en el recuerdo. Stëphane Brizé muestra personalidad a la hora de afrontar con delicadeza la vida de una mujer que nació para amar, mientras que el amor apenas la rozó. Conmueve la interpretación de Judith Chemla, todo un manifiesto de sensibilidad.
Surtsey Films

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